Personajes que revolucionaron…

John Gill

En la década de los sesenta, el arte de la escalada en roca, centralizado mediáticamente en Europa, atravesaba un momento crucial en su desarrollo, una dolorosa metamorfosis. Trepar una pared era todavía un medio para alcanzar una cima donde plantar una bandera o un ego. Salvo honrosas excepciones, la comunidad escaladora estaba tan ciega mirando su propio ombligo (apenas quedaban montañas “importantes” sin ascender) como para atreverse a afirmar que, con el grado VII en la escala de dificultad, el ser humano había alcanzado su tope físico en la escalada libre. Alucinante.
Por esos años, al otro lado del océano y en el anonimato más absoluto, había un tipo, estudiante de física en Georgia y practicante de gimnasia deportiva, que estaba ascendiendo algunas rocas que hoy día estarían cotadas como grado XI, según aquella rígida escala. Claro que a John Gill no le interesaban lo más mínimo las escalas de graduación ni plantar banderas en las cimas. Tampoco le gustaba ir atado con cuerdas y arneses, por lo que empezó a desarrollar sus ideas sobre la escalada como una vía de autoconocimiento en rocas en la que caerse no supusiera la muerte.
En algún momento debió de germinar en él la preciosa semilla de la búsqueda interior, pues fue uno de los pioneros occidentales en practicar el zazen para fortalecer su capacidad de atención.
Como animista confeso, Gill era un enamorado de la naturaleza y los espacios abiertos, por lo que debió ver en la escalada la forma de trasladar su amor por la kinestesia, desde los gimnasios a las rocas de su comarca.
Allí, en la soledad de las montañas, y con su conciencia clarificada por la práctica de zazen, John Gill comenzó a entrever en sus movimientos su otra pasión, las matematicas. Descubrió los patrones en espiral de la cadena cinética muscular, y que todo movimiento se puede manejar como el giro de una esfera creciente o menguante; asimismo, ubicó el centro de esa esfera y aprendió a iniciar en él sus acciones. Poco a poco, fue puliendo su técnica, haciéndola más limpia, más natural, “original”.

John Gill

Pronto, algunos de los escaladores más reconocidos de la época, que habían ridiculizado las escaladas de Gill por desarrollarse en piedras de escasa altura, tuvieron que tragar amargo al ser incapaces de despegar los pies del suelo en los problemas más duros de Gill.
Pero lo que otorga a este escalador, punta de lanza de su generación, la categoría de genio, fue el uso que hizo de la técnica chamánica (popularizada más tarde por Castaneda) conocida como el arte de ensoñar. Dejando de lado las finalidades de esta técnica en el aprendizaje o en el oficio de un chamán, se puede resumir como desarrollar la capacidad de emerger en nuestros sueños en un estado de lucidez tal que puedas interactuar con el entorno onírico, manejar sus elementos, plantearte una tarea y llevarla a cabo, etc.

The Thimble

John Gill tuvo el valor de asumir la disciplina necesaria para profundizar en esta técnica, y comenzó a ensayar en sueños una y otra vez los movimientos de las escaladas más difíciles que se encontraba en sus pequeñas rocas.
Así progresó en el estudio de The Thimble, un tocho de roca de unos ocho metros que se encontraba a ochocientos kilómetros de su casa, hasta que logró ascenderlo. The Thimble tuvo que esperar veinte años para conocer su segunda ascensión.

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